JOHN LOCKE
ENSAYO SOBRE EL ENTENDIMIENTO HUMANO.
SE DICE QUE LA VIOLACIÓN DE
UNA REGLA NO PRUEBA QUE SEA DESCONOCIDA.
Admitido. Pero opino que la aceptación general de su inobservancia sí es
una prueba de que no es única. Tomemos, por ejemplo, una de esas reglas que,
por deducción obvia de la razón humana y acorde con la inclinación natural de
la mayor parte de los hombres, casi nadie ha tenido el valor de negar, o la
audacia de poner en duda. Efectivamente, sí existe alguna regla que pueda suponerse
innata, me parece que no hay otra cosa con mejores derechos a serlo que esta:
padres, conservad y amar a vuestros hijos. Por tanto, cuando se dice que ésta
es una regla innata, ¿qué se debe entender? Una de dos, o que es un principio
innato que en toda ocasión motiva y dirige los actos de los hombres; o bien,
que se trata de una verdad que todos los hombres tienen impresa en la mente y
que, por eso, conocen y le otorgan su asentimiento. Pero no es innata en
ninguno de esos sentidos. En primer lugar, ya probé con los ejemplos antes
citados que no se trata de un principio que influya en los actos de los
hombres. Y no es necesario ir tan lejos como Mingrelia o Perú para hallar casos
de quienes descuidan, abusan y hasta destruyen a sus propios hijos; ni tampoco se
trata de costumbres más que brutales solamente propias de algunas naciones
salvajes y bárbaras, pues se puede recordar que esa práctica habitual e impune
entre griegos y romanos expone a niños inocentes sin sentir misericordia ni
remordimiento.
En segundo lugar, es también falso que sea una verdad innata de todos
conocida porque tan lejos está de ser una verdad innata eso de «padres, conservad
a vuestros hijos», que no es ni siquiera una verdad; es un mandamiento, no una
proposición, y, por consiguiente, no es susceptible de verdad o falsedad. Para
que fuera susceptible de nuestro asentimiento sería preciso reducirla a una
proposición como la siguiente: es un deber de los padres conservar a sus hijos.
Pero un deber no se entiende sin una ley; y una ley no puede conocerse ni
suponerse sin un legislador, o sin que suponga premio o castigo; de tal manera
que es imposible que este principio, o cualquier otro principio de orden
práctico, pueda ser innato, es decir, impreso en la mente como un deber, sin
suponer que son innatas las ideas de Dios, ley, obligación, castigo y de una
vida futura. Porque es evidente por sí mismo que en esta vida el castigo no se
sigue de la inobservancia de esa regla, y, por tanto, que carece de sanción
legal en aquellos países donde la costumbre admitida como norma general le es
contraria. Pero esas ideas (que necesariamente serán innatas si algo hay de
innato en el sentido del deber) están tan lejos de ser innatas que, si no
aparecen como claras y distintas para todos los hombres estudiosos y
reflexivos, mucho menos se mostrarán así a todos los hombres existentes. Y que
una de esas ideas, que entre
todas aparece con más probabilidades de ser innata no lo es (me refiero a la
idea de Dios.
Referencias
Jonh, L. (1690). Se dice que la violación de una regla
no prueba que sea desconocidad. En L. Jonh, Ensayo sobre el entendimiento
humano (pág. 56). Inglaterra: Verbum, S.L.

