Gottfried Wilhelm Leibniz
La mónada y el ser
¿Cómo llega a formarse
el concepto de mónada? Reflexionemos sobre esto: La física moderna, regida por
las matemáticas, operaba sólo con factores cuantitativos. En su consideración
del ser conocía propiamente sólo una categoría, la de la cantidad. Pero surge
la pregunta: ¿No son, pues, ya los números mismos cualidades? Lo contado, el uno,
tomado dos veces, tres, etc., son cantidades. Pero lo contante, el dos, el tres
y en general cualquier número, ¿no son una cualidad, algo con un determinado
modo de ser (quale) a diferencia de otro? ¿No son una forma, sencillamente como
configuración? ¿No hay que completar la consideración cuantitativa del ser con
una consideración cualitativa? Leibniz se dio cuenta inmediatamente de esto. En
un principio había seguido incondicionalmente la moderna consideración mecánica
y cuantitativa de la naturaleza; pero luego, «cuando quise buscar las últimas
razones del mecanicismo y de las leyes mismas del movimiento, tuve la gran
sorpresa de ver que era imposible hallarlas en las matemáticas, y que era
preciso volver a la metafísica. Esto me condujo a las entelequias, es decir, me
hizo volver de lo material a lo formal, y me hizo al fin comprender, después de
muchas correcciones y pasos adelante en mis ideas, que las mónadas o
substancias simples son las únicas substancias verdaderas, y que las cosas
materiales no son más que fenómenos, aunque bien fundados y coordinados.»
Esta coordinación es lo
que interesa ahora a Leibniz. Todo, en efecto, debe existir así, los átomos,
los cuerpos particulares, la vida y sus fenómenos. Mediante el mecanicismo y el
atomismo se había disociado todo. Pero Leibniz exige la conexión mutua de todo
el mundo. Por eso creó su célebre concepto de la armonía preestablecida. Éste
se aplica, en primer lugar, a la conexión entre cuerpo y alma, pero a la postre
se refiere a la conexión mutua del conjunto del mundo y de todas sus partes.
Con la definición
cartesiana de la substancia —la substancia es totalmente autónoma y vive sólo
por sí y para sí— el cuerpo y el alma habían quedado disociados. Y sin embargo,
cuando un órgano sensitivo del cuerpo recibe un estímulo, el alma ha de tener noticia
de ello. ¿Cómo vuelven a reunirse los dos reinos? Ya en el ocasionalismo había surgido
la idea de que una potencia espiritual superior que tiene una visión del
conjunto ordena las cosas entre sí como un relojero dos relojes. Si los regula
bien, los dos indican la misma hora sin que ninguno influya sobre el otro. Esta
idea la extiende Leibniz a las últimas partículas del mundo, los átomos y los
cuerpos simples en general. La mente divina las ha armonizado entre sí de
antemano. Esto es lo que quiere decir su concepto de «armonía preestablecida»:
infinito número de relojes, los átomos, cuerpos, vidas, almas, espíritus, van
de acuerdo a priori porque un demiurgo divino así lo ha dispuesto.
Pero hasta aquí tenemos
una imagen popular, que no llega a calar en lo más profundo del pensamiento de
Leibniz. Éste aparece solamente con su concepto de las mónadas: la mónada es
alma, representación, pensamiento y a la vez —en cuanto alma— energía, realidad
capaz de obrar. «Las mónadas son, pues, los verdaderos átomos de la naturaleza y,
en una palabra, los elementos de las cosas.» Como alma, la mónada representa al
universo entero; y como toda mónada lo hace, todo está en conexión mutua; una
vez más todo está en todo, como en Anaxágoras, en Platón, en Plotino y en el Cusano;
la mónada es autónoma y, sin embargo, un todo. Por eso se puede mantener el mecanicismo,
pues las mónadas son energías, son los verdaderos «átomos». Sólo que toda
energía está sujeta a la representación, de la que recibe una conformación
superior. Y en esto reside ahora la armonía del todo. Ya no necesita ser
preestablecida artificialmente: la mutua representación de todas las mónadas es
eo ipso armonía.
Que Leibniz concibiera
la mónada precisamente como alma, resultó de un estudio sobre la naturaleza de
la energía. Las nuevas ciencias de la naturaleza habían contado sólo con
energías. Es un proceder acertado, sobre todo para la técnica. Pero todavía
cabe preguntarse qué es en sí esta energía. Y sólo queda una salida, a saber,
interpretarla partiendo de una vivencia de la energía que ocurre en los actos
del alma, principalmente en el acto de la voluntad. Esto es ahora ya más que un
cálculo de la energía, es una «comprensión» de la energía en su propia
naturaleza. Si no se sigue este camino, opina Leibniz, no se llega en absoluto
a una substancia. Substancia es lo autónomo, lo activo de por sí, lo operante.
Si se la concibe sólo, como siguiendo a Descartes hacen las nuevas ciencias,
como lo extenso, entonces es siempre ulteriormente divisible, en un proceso sin
fin. Ahora bien, cada cuerpo, como unidad de acción, es siempre una suma de
energías.
Si la suma ha de ser
real, lo han de ser también los sumandos. Pero si estos sumandos son a su vez
algo extenso, como átomos corpóreos, no llegamos nunca al fin ni hallamos un
primer punto de partida del que realmente pueda dimanar energía. Sólo algo
anímico, algo indivisible y efectivamente operante, como lo observamos en
nosotros mismos, puede ser a la vez substancia. Por eso el concepto de
substancia de Leibniz reza así: «Un ser capaz de acción» (un être capable
d'action). A esto llama Leibniz mónada. Si se quiere entender a Leibniz, hay
que tratar primero de penetrar en su concepto del alma. El hombre moderno se
inclina a concebir el cuerpo como una extensión muerta que actúa mecánicamente.
Para él la realidad es lo materialmente extenso. Esto es estrechez de espíritu.
Existe ciertamente este modo de realidad, pero se dan aún muchas otras especies
de seres, como, por ejemplo, lo anímico y el ser espiritual. Y este ser es
incluso más ser, y en sentido más fuerte, que la materia, puesto que la domina.
Abrirnos los ojos para ver este más y esto otro en el ser, es una de las
primeras misiones de la filosofía. Esta misión la cumplió Leibniz.
Referencia Bibliográfica
Hirschberger, J., Breve historia de la filosofía. Barcelona: Herder, 2012. Págs.: 114-116.